En pleno centro de Sevilla, un espacio mínimo se expande sin cambiar de tamaño. ALFADA Estudio ha reformado un antiguo local de 42 metros cuadrados para convertirlo en una vinoteca pensada no solo como lugar de venta o consumo, sino como experiencia: un interior donde la escala, la luz y el color trabajan para que la cata se viva casi como un ritual.

La intervención parte de una premisa clara: si la superficie es limitada, el proyecto debe crecer hacia arriba. Con más de cuatro metros de altura libre, el estudio toma la verticalidad como argumento principal y la trata como materia prima arquitectónica. El objetivo, según explican, era “liberar el espacio, desmaterializar sus límites y construir una atmósfera envolvente”, hasta redimensionar la percepción del local y transformarlo en un interior memorable pese a su escala contenida.
Altura como materia prima, simetría como guion
La vinoteca se organiza en torno a una idea de centralidad muy marcada. ALFADA plantea una composición simétrica que dirige la mirada hacia un punto protagonista: el lugar desde el que el propietario conduce las catas. A partir de ahí, el mobiliario, las estanterías y la disposición general del espacio se alinean con esa lógica casi escénica, como si el interior estuviera coreografiado para acompañar la experiencia del vino.
Ese componente “ceremonial” no se expresa con gestos grandilocuentes, sino con decisiones precisas. El estudio subraya el cuidado del detalle —la geometría del mobiliario, el modo en que la luz roza los materiales o la disposición del producto— para construir una sensación de intensidad sensorial sin caer en lo efectista. La altura libre, además, no funciona solo como recurso espacial: introduce una lectura simbólica de recogimiento y elevación, una idea que el propio texto del proyecto aproxima a la noción de lugar de culto.
Color, luz y memoria: un interior envolvente
El color asume un papel protagonista y actúa como atmósfera. La estrategia es monocromática, continua y envolvente: baña paramentos, estanterías y mobiliario, y con ello difumina los límites y unifica la percepción del conjunto, casi como si el espacio se entendiera de una sola mirada. Ese “baño” cromático convierte la vinoteca en una especie de caja sensorial, donde lo importante no es tanto la suma de elementos como la sensación unitaria que generan.
La iluminación completa esa construcción ambiental. Por un lado, las luminarias suspendidas refuerzan la verticalidad y dialogan con la estructura preexistente; por otro, la luz puntual subraya el producto y acompaña la experiencia del usuario. La idea de una luz “casi eclesial” aparece aquí como una manera de describir un ambiente que cambia con el día, apoyado en el juego de texturas y matices.
En paralelo, el proyecto no renuncia a anclarse a la memoria del lugar. La conservación del pavimento pétreo y del techo de madera funciona como gesto de continuidad: lo nuevo no borra por completo lo anterior, sino que lo incorpora para sostener un sentido de permanencia dentro de una intervención muy marcada por la atmósfera. En conjunto, el resultado busca que un local pequeño se viva como un espacio intenso y profundamente sensorial, sin perder funcionalidad.
La obra se finalizó en 2025. El proyecto está firmado por ALFADA Estudio (Alberto Aragón, Antonio Ares y Ricardo Botella), con construcción a cargo de MAAM (Mariángeles Freytas y Amanda Sanz), y fotografía de Juanca Lagares. Más información del estudio en su web: https://alfadaestudio.com/ y en Instagram: @alfadaestudio.




